“¡Basta, no es asunto mío!”, se convenció. Cerró las puertas y ventanas de su casa, apagó las luces y se metió en la cama decidido a deshacerse del bolso al día siguiente.
Pero no pudo mantener esta decisión. La ansiedad y la curiosidad no lo dejaban dormir. Después de estar más de dos horas dando vueltas en la cama, Rolando se levantó de un salto y fue directo al comedor, agarró el bolso y lo abrió. ¡No podía creer lo que veía! Entre montones de telas estaba cuidadosamente guardado aquel objeto. Mientras más lo observaba mayor era su fascinación.
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