Y aquel recuerdo de Fermín le sopló a Máximo la prueba que colocaría para Florián. El abuelo Fermín contaba siempre una historia a su nieto y a Florián, de la época en la que con orgullo recordaba haber trabajado como agregado cultural en Italia para Perón durante la segunda presidencia. En el ejercicio de esas funciones había tenido un curioso encuentro con un coleccionista que pretendía ofrecer una reliquia para el mismísimo General Perón. Desde su despacho en Milán, Fermín arregló una reunión para los primeros meses de 1956 lo cual, como se comprende, nunca pudo llevarse a cabo. Fermín supo que la reliquia que estaba en manos de Guido Mandetta, nieto del famoso excavador del mismo nombre. Se trataba de una copa, una simple pieza construida con formas rústicas, sin trazos decorativos, sin ornamentos, pero con una energía tal que la vida misma parecía contenerse allí dentro. Con esas palabras oyó Fermín que se describía el objeto y luego, por algunas lecturas, supuso que podría tratarse de aquella vasija donde José de Arimatea había recogido la sangre que emanaba de las llagas de Cristo por las heridas del calvario.
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