jueves, 20 de noviembre de 2008

¿caramelos para la tos?


por Ángeles Valdez

En su nueva novela, Luna Moró juega con la literatura. Nos hace creer que muchos autores diferentes la escribieron. Como si todos partieran de algo similar, pero luego se detuvieran. Cada capítulo se queda con lo suyo. En un capítulo, por ejemplo, ganan unos caramelos para la tos, mientras que en otro, apenas se nombran.
Además de este singular detenimiento, existe otro aún más profundo que se presenta en todos los capítulos, ¿acaso Luna Moró nos quiere recordar qué es el arte? Porque, constantemente, nos regala sensaciones como visiones y no como simples reconocimientos. De a poco, va desautomatizando la percepción, la renueva.
En cada capítulo se describen con una mirada extrañada ciertas cosas. Se ven o se sienten estas cosas como si fuera la primera vez. Así, la novela nos invita a preguntarnos cómo describiríamos algo por primera vez sin poder nombrarlo. Ya en el primer capítulo nos sorprende con un personaje que no reconoce su cuerpo, su “envase”. Así, queda separada la persona de su cuerpo, o tal vez peor, queda dentro de un extraño. También, nos muestra cómo un niño describiría algo sólo con lo que sabe, sólo con sus ojos y sin la previa enseñanza de un adulto. El instrumento musical no es más que algo lindo que ve, sólo sabe que le gusta. Como si no le alcanzara con este juego sobre el oboe, Luna Moró lo vuelve a recorrer desde las sensaciones. Nos hace sentir cómo sería tocar un oboe, lo podemos percibir con el tacto de la boca, nos lo hace soplar a nosotros, los lectores. Nunca se detiene y nos muestra que un cáliz puede ser visto de muchas maneras, aunque sea una primera vez. En un capítulo sorprende y genera tantas dudas que el personaje se pone el cáliz en el oído, casi como un acto reflejo para resolver el problema. Mientras que en el otro, el descubrimiento de eso novedoso es tan perezoso que se lo piensa para poner dulce de leche. Luego, nos hace sentir un cuadro en la oscuridad, aunque nunca nos dice que de eso se trata. Nos presenta al pintor desorientado en su propio cuadro. No está perdido por no saber qué pintar, sino perdido en reconocer que está frente a un cuadro, algo, sin duda, muy conocido si se trata de un pintor.
Estos no son más que algunos ejemplos de esa mirada extrañada muy presente. Nos saca de lo cotidiano y percibimos el mundo con una mirada más nueva. Luna Moró no economiza sensaciones, no nos las brinda automatizadas. Todo lo contrario, nos hace ver, sentir como si fuera la primera vez. Es así, que nos recuerda que el arte sirve para esto, para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra. Porque la finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento. El arte es un medio de experimentar el devenir del objeto: lo que ya está realizado no interesa para el arte.

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