por Silvina Maciel
Qué es lo real es la pregunta que queda como eco al concluir la lectura de Nueve caminos de un millón.
La novela susurra ese interrogante al mostrar que no hay sólo una historia posible, aún cuando puede estar inspirada en un mismo hecho. Así como un mismo cuadro que pintado varias veces muestra distintos puntos de vista, diferentes enfoques del mismo motivo, la misma historia contada una y otra vez, da cuenta de algunas de todas las maneras posibles que dicha historia tiene de ser concebida, de ser construida, de ser leída.
En el inicio se anticipa que se trata de un juego de partes y totalidades que una cree comprender, hasta que aparece algo nuevo que desarma la imagen que nos habíamos construido. Desde las primeras hojas una es advertida de que debe dejar de lado el pensamiento lineal. Entonces surge inmediatamente un nuevo interrogante ¿cuál es el modelo sobre el que debo seguir la trama?
En la novela hay una historia madre, presentada en un preámbulo, que se diferencia de los capítulos tanto por su forma de narración - ya que se utiliza un modo coloquial propio de la oralidad- como por su título.
Esta historia madre, o núcleo, menciona una estafa. Los capítulos se estructuran tomando algo de esa mención, pero sorprenden con cambios constantes de voces, de puntos de vista, de actitudes de los personajes, como si fueran pruebas de escritura.
La novela podría pensarse en términos de una descomposición, algo mayor que ha sido fraccionado, pero ¿cuál es la ley que opera en esa descomposición? Podría verse como la descomposición de la luz que se da al atravesar esta un prisma. En este caso el preámbulo actuaría como el haz de luz que es descompuesto por el cuerpo de la escritura. Cada capítulo toma esa información inicial y varía su velocidad y desvía su trayectoria dando lugar a uno de los tantos colores que luego vemos del otro lado, en este caso no siete sino nueve.
Sin embargo la novela no propone líneas rectas, ni operaciones de anticipación. Si bien se trata de una descomposición, esta tiene más que ver con la teoría del caos. La novela parece ponerle palabras a un experimento de Edward Lorenz, aquel hombre que describió el efecto mariposa, llevándonos a una reflexión sobre el camino de las variaciones.
Efectivamente, sucede que en la novela, a pesar de que las fluctuaciones se mantienen caóticas, siempre están en torno de un atractor, algo que las mantiene dentro de un centro de atracción y probabilidad. Es así que variaciones pequeñas como pueden ser un trabajo, un nombre, dan lugar a trayectorias muy distintas, pero dentro de un mismo sistema. Así se observa que el atractor (el mayor es la estafa) permite las variaciones de personajes, lugares y objetos al ponerlos como una mera posibilidad.
Veámoslo en los capítulos: El primer elemento que se toma es el del dinero. En el primer capítulo sólo aparecen los billetes, pero el mundo al que nos podrían remitir (al de la estafa a través de los monederos) queda ignorado. Los billetes o el dinero aparecen luego en varios capítulos pero siempre presentados de forma diferente. Si bien el trabajo y los juegos que se hacen con el dinero son muy interesantes, creo que el aspecto más rico está en el tratamiento de la vasija y los documentos porque son los elementos que juegan con la realidad y la representación. Con respecto a esto, el tercer capítulo hace la primera pregunta al decirnos que dos amigos quedan enredados en el deseo de hacer creer y nadie “nunca reveló que la copa era una simple vasija de feria.” Pero el valor no queda dado en su procedencia sino en sus efectos “¿Podemos asegurar que no era el verdadero vaso del Calvario?”
Esta pregunta toma una fuerza mayor, ya que la vasija no es la misma que se usa en la estafa de EEUU, el relato que abre la novela; entonces estaríamos frente a otra estafa con un mismo elemento, o mejor dicho con la representación de un mismo elemento. Creo que allí se da el punto de inflexión que me hizo desandar lo andado y volver a leer, notando que cada capítulo parece dar una respuesta distinta a esa pregunta. Lo real será lo que se desea, para Alberta; lo que se esconde, para Ermenegildo; lo que se genera, para Florián y Máximo; lo que se hereda, para Hermenegildo. Y es también lo que nos dicen, lo que nos imaginamos, lo que se revela, lo que vemos, lo que planeamos, como exponen el resto de los capítulos. Es cada una de esas cosas y es todas al mismo tiempo ya que la novela no presupone el principio de no contradicción.
Entre los capítulos se dan coincidencias que si bien desde un enfoque lógico no podemos aceptar (por ejemplo que un mismo personaje viva cosas distintas o en distintas épocas) son a su vez las que le dan una unidad a la trama total, permitiendo que todas esas partes funcionen como un sistema. El ritmo propio que tiene cada capítulo, los distintos estilos, los matices, parecen hacer de cada uno algo absoluto, acabado en sí mismo. Sin embargo, al relacionarse con los otros capítulos una va notando que no tiene sentido buscar la ley para predecir exactamente el resultado al cabo de un tiempo exacto.
Como la teoría del caos, la novela no es determinista. Entonces es posible decir que estamos frente a un modelo caótico solo posible de ser observado desde la geometría fractal. Donde hay algo que se repite, se reitera, pero al mismo tiempo se diferencia. Así se ve en el primer capítulo que la estafa queda casi ignorada, apenas nombrada; luego en los capítulos sucesivos, reaparecen el millón de dólares en billetes de veinte, el cáliz, los documentos, los personajes, los lugares, para mostrar los posibles recorridos a los que se enfrenta lo real, y ya en el último capítulo la estafa se describe minuciosamente, como si el microscopio hubiese hecho foco en el hecho total (con el detenimiento de quien diseca un insecto y por eso, su subtítulo no es inocente).
Pero lo curioso es que si esta es la verdadera historia, las demás deberían ser descartadas si no aceptamos la contradicción. Pero al cerrar el libro no sólo queda el eco de la pregunta acerca de qué es la realidad, sino también esa maravillosa sensación que nos regala la literatura de saber que todo es posible.
En definitiva la novela se plantea como un juego de posibilidades; como lo que nos propone desde las ilustraciones que abren los capítulos, un juego de palabras en el que la combinación de determinadas letras nos ofrece un mundo en el que cada uno, en cada momento, será capaz de ver algo distinto. La novela nos invita, como la teoría del caos, a intentar comprender esos fenómenos que dependen de tantas variables que no pueden medirse completamente o en los que variaciones iniciales pequeñas producen efectos enormemente distintos.
La novela susurra ese interrogante al mostrar que no hay sólo una historia posible, aún cuando puede estar inspirada en un mismo hecho. Así como un mismo cuadro que pintado varias veces muestra distintos puntos de vista, diferentes enfoques del mismo motivo, la misma historia contada una y otra vez, da cuenta de algunas de todas las maneras posibles que dicha historia tiene de ser concebida, de ser construida, de ser leída.
En el inicio se anticipa que se trata de un juego de partes y totalidades que una cree comprender, hasta que aparece algo nuevo que desarma la imagen que nos habíamos construido. Desde las primeras hojas una es advertida de que debe dejar de lado el pensamiento lineal. Entonces surge inmediatamente un nuevo interrogante ¿cuál es el modelo sobre el que debo seguir la trama?
En la novela hay una historia madre, presentada en un preámbulo, que se diferencia de los capítulos tanto por su forma de narración - ya que se utiliza un modo coloquial propio de la oralidad- como por su título.
Esta historia madre, o núcleo, menciona una estafa. Los capítulos se estructuran tomando algo de esa mención, pero sorprenden con cambios constantes de voces, de puntos de vista, de actitudes de los personajes, como si fueran pruebas de escritura.
La novela podría pensarse en términos de una descomposición, algo mayor que ha sido fraccionado, pero ¿cuál es la ley que opera en esa descomposición? Podría verse como la descomposición de la luz que se da al atravesar esta un prisma. En este caso el preámbulo actuaría como el haz de luz que es descompuesto por el cuerpo de la escritura. Cada capítulo toma esa información inicial y varía su velocidad y desvía su trayectoria dando lugar a uno de los tantos colores que luego vemos del otro lado, en este caso no siete sino nueve.
Sin embargo la novela no propone líneas rectas, ni operaciones de anticipación. Si bien se trata de una descomposición, esta tiene más que ver con la teoría del caos. La novela parece ponerle palabras a un experimento de Edward Lorenz, aquel hombre que describió el efecto mariposa, llevándonos a una reflexión sobre el camino de las variaciones.
Efectivamente, sucede que en la novela, a pesar de que las fluctuaciones se mantienen caóticas, siempre están en torno de un atractor, algo que las mantiene dentro de un centro de atracción y probabilidad. Es así que variaciones pequeñas como pueden ser un trabajo, un nombre, dan lugar a trayectorias muy distintas, pero dentro de un mismo sistema. Así se observa que el atractor (el mayor es la estafa) permite las variaciones de personajes, lugares y objetos al ponerlos como una mera posibilidad.
Veámoslo en los capítulos: El primer elemento que se toma es el del dinero. En el primer capítulo sólo aparecen los billetes, pero el mundo al que nos podrían remitir (al de la estafa a través de los monederos) queda ignorado. Los billetes o el dinero aparecen luego en varios capítulos pero siempre presentados de forma diferente. Si bien el trabajo y los juegos que se hacen con el dinero son muy interesantes, creo que el aspecto más rico está en el tratamiento de la vasija y los documentos porque son los elementos que juegan con la realidad y la representación. Con respecto a esto, el tercer capítulo hace la primera pregunta al decirnos que dos amigos quedan enredados en el deseo de hacer creer y nadie “nunca reveló que la copa era una simple vasija de feria.” Pero el valor no queda dado en su procedencia sino en sus efectos “¿Podemos asegurar que no era el verdadero vaso del Calvario?”
Esta pregunta toma una fuerza mayor, ya que la vasija no es la misma que se usa en la estafa de EEUU, el relato que abre la novela; entonces estaríamos frente a otra estafa con un mismo elemento, o mejor dicho con la representación de un mismo elemento. Creo que allí se da el punto de inflexión que me hizo desandar lo andado y volver a leer, notando que cada capítulo parece dar una respuesta distinta a esa pregunta. Lo real será lo que se desea, para Alberta; lo que se esconde, para Ermenegildo; lo que se genera, para Florián y Máximo; lo que se hereda, para Hermenegildo. Y es también lo que nos dicen, lo que nos imaginamos, lo que se revela, lo que vemos, lo que planeamos, como exponen el resto de los capítulos. Es cada una de esas cosas y es todas al mismo tiempo ya que la novela no presupone el principio de no contradicción.
Entre los capítulos se dan coincidencias que si bien desde un enfoque lógico no podemos aceptar (por ejemplo que un mismo personaje viva cosas distintas o en distintas épocas) son a su vez las que le dan una unidad a la trama total, permitiendo que todas esas partes funcionen como un sistema. El ritmo propio que tiene cada capítulo, los distintos estilos, los matices, parecen hacer de cada uno algo absoluto, acabado en sí mismo. Sin embargo, al relacionarse con los otros capítulos una va notando que no tiene sentido buscar la ley para predecir exactamente el resultado al cabo de un tiempo exacto.
Como la teoría del caos, la novela no es determinista. Entonces es posible decir que estamos frente a un modelo caótico solo posible de ser observado desde la geometría fractal. Donde hay algo que se repite, se reitera, pero al mismo tiempo se diferencia. Así se ve en el primer capítulo que la estafa queda casi ignorada, apenas nombrada; luego en los capítulos sucesivos, reaparecen el millón de dólares en billetes de veinte, el cáliz, los documentos, los personajes, los lugares, para mostrar los posibles recorridos a los que se enfrenta lo real, y ya en el último capítulo la estafa se describe minuciosamente, como si el microscopio hubiese hecho foco en el hecho total (con el detenimiento de quien diseca un insecto y por eso, su subtítulo no es inocente).
Pero lo curioso es que si esta es la verdadera historia, las demás deberían ser descartadas si no aceptamos la contradicción. Pero al cerrar el libro no sólo queda el eco de la pregunta acerca de qué es la realidad, sino también esa maravillosa sensación que nos regala la literatura de saber que todo es posible.
En definitiva la novela se plantea como un juego de posibilidades; como lo que nos propone desde las ilustraciones que abren los capítulos, un juego de palabras en el que la combinación de determinadas letras nos ofrece un mundo en el que cada uno, en cada momento, será capaz de ver algo distinto. La novela nos invita, como la teoría del caos, a intentar comprender esos fenómenos que dependen de tantas variables que no pueden medirse completamente o en los que variaciones iniciales pequeñas producen efectos enormemente distintos.
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