por Denise Strugo
Los términos delito y castigo parecieran carecer de importancia en Nueve caminos de un millón de Luna Moró, escritora que inicia su bibliografía con esta novela.
El texto presenta la marca ineludible de una estafa: esta es el punto de partida del relato y tiene como función atravesar, interferir, y dificultar en diferente medida, el desarrollo de cada uno de los caminos que conforman la novela.
Esta obra no habla en ningún caso de la noción de justicia, ni de un conjunto de leyes a respetar. No hay pena ni castigo para los personajes relacionados con la estafa que es, en algunos de los caminos, el conflicto central. Por lo tanto, esta obra angustia al lector ante la ausencia de la ley, la carencia de restricciones.
Cabría preguntarse si este es el error de la inexperta escritora, en la que el lector deposita su voto de confianza al aceptar el desafío de la lectura o bien, si lo que se entiende como falencia, en realidad, es una estrategia para demostrar que los personajes no le otorgan mayor importancia a los sucesos delictivos, sino que, al contrario, en más de una historia, la trasgresión hace las veces de puente, para permitir el pasaje del personaje a una vida feliz. En cualquiera de los dos casos –el delito como ignorancia o el delito como puente- la clave es la ausencia del castigo.
Observemos lo que sucede en Nueve caminos de un millón con lo que comúnmente se entendería por delito: un hombre encuentra en situaciones dudosas, un dinero perteneciente a su difunta abuela, y lo utiliza sin vacilar; dos abogados comentan un caso, y sin brindarle mayor importancia, deciden abandonarlo; se descubren excesos, sobornos y coimas, jamás denunciadas; se procede a vender una vasija con una historia falsa; se realizan negocios turbios; se da la utilización de un personaje como “mula” para la llevar a cabo la estafa; se presencia un atropello, con la anterior noticia de un accidente de tránsito; aparece un bolso con una valiosa reliquia, perteneciente a un sujeto baleado; un hombre llega a su casa y encuentra a su madre fallecida... y todo esto, como si nada.
En todos los casos, circula una gran cantidad de dinero falso, que nunca es descubierto. Los personajes afectados negativamente por la estafa, no buscan venganza, sino que toman una posición de comodidad. El resto de los personajes, quienes se ven favorecidos, no sufren castigo alguno por sus actos.
El lector espera que la novela funcione tal como desearía que su sociedad lo hiciera. Supone ingenuamente que todo aquel que trafique dinero, estafe, soborne, coimee o reciba sobornos y coimas, etc., sea penado conforme a su delito. Siguiendo en la línea de lo esperable, quien es estafado busca hacer justicia de diferentes modos, el más común es elevar su situación a la esfera judicial, para lograr que el o los culpables sean castigados. Se comprende que lo esperable no necesariamente sucede fuera del marco del texto, así como tampoco se lo encuentra en la novela.
Podemos entonces contestar a nuestra pregunta inicial: observamos una gran coherencia por parte de Moró, ya que los personajes afectados negativamente en ninguno de los casos denuncian el delito y, por lo tanto, los beneficiados jamás sufren un castigo como efecto de su culpabilidad. Tras esta explicación se puede comprender que la ausencia de la ley es la estrategia textual que atrapa al lector desde las primeras páginas y lo mantiene en la constante expectativa de una resolución en términos legales. Este juego se mantiene hasta la última línea, concluye sin explicación alguna, y deja librado su significado a la imaginación del lector. De este modo el lector puede ver cómo continúa la tensión entre los delitos realizados y el “merecido” castigo aún después de finalizado el recorrido por los Nueve caminos de un millón.
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