martes, 9 de diciembre de 2008

menos averigua dios y perdona




por Laura Cilento




Como la misma Moró atentamente definió desde el título, si hay un millón hay dinero, y si hay dinero hay delito. La ecuación dinero-delito ya hace que descartemos la gesta capitalista de la novela tradicional - cuya visión de mundo puritana bendice el bienestar que corona al protagonista- y nos situemos frente a una novela donde la peripecia, el cambio radical de los personajes, queda fundado desde la ilegalidad. Esa peripecia está tensionada desde el interés y el suspenso que con bastante eficiencia –mayor sería imposible- suspende las consideraciones morales: por algún motivo, después de la lectura nos vemos obligados a revisar la frase hecha “caída en el delito”. En 9 caminos…, los personajes parecen más bien elevarse hacia el delito.

La crítica argentina Josefina Ludmer seleccionó la siguiente idea de Historia crítica de la Teoría de la Plusvalía de Marx, “El criminal rompe la monotonía y la seguridad cotidiana de la vida burguesa. De este modo la salva del estancamiento y le presta esa tensión incómoda y esa agilidad sin las cuales el aguijón de la competencia se embotaría”. Para los oscuros personajes de Moró cuyo denominador común es cierta incomodidad con las instituciones sociales: un intérprete de oboe, un pintor y restaurador de obras de arte y literarias, un viudo de madre, el dueño de un taller de piezas para autos, entre otros, el delito es un más allá al que se llega, sin paradas intermedias en la normalidad, desde un más acá del ser burgués. Como forma de realización, se integran a una cadena casi anónima de falsificadores del Santo Grial, esquivando la notoriedad y, con ese gesto, zanjando las ocasiones de ser socialmente visibles.

¿Acaso no se hicieron invisibles, en un sentido similar, otros dos delincuentes literarios: Alonso Quijano, cuando cambió su estatuto social y el Dr. Henry Jekyll, al crear otro ciudadano llamado Hyde para que escapase a los controles estatales? Se elige, antes que ser criminal, abandonarse al anonimato, y eso cuesta trabajo; requiere la locura o una vida dedicada a los experimentos químicos. En ese esfuerzo por nacer de nuevo, a través de una transgresión a la ley, el crimen se asocia con la búsqueda de la identidad. En Vicente Ferraro y Hermenegildo Costas, no hay filiaciones ni genealogía antes de ese acontecimiento. Los lectores, entonces, no necesitamos perdonar, porque ningún paso es desatinado si lleva a Ferraro y a Costas a saber quiénes son. Por añadidura, disfrutamos de que se derriben algunas fronteras (entre lo correcto y lo incorrecto, lo legal y lo ilegal), porque si se quitan esas barreras todos podemos pasar.

La atenuación del crimen reside también en los modos. La estafa es el menos agresivo, porque obtiene dinero limpio sin necesidad de sangre. Requiere de algunas mentiras, y principalmente se funda en la voluntad de quien será estafado, porque se presta gentilmente a la experiencia de despojo. En su galería de criminales criollos, José Álvarez, más conocido como Fray Mocho, deja que esta especialidad se luzca porque “Los que hacen el scrucho o cuentan el cuento, son simplemente, en buen romance, los estafadores, los más inteligentes, más astutos y de más buen tono en el mundo lunfardo” (Memorias de un vigilante, 1897)

Novela opuesta, entonces, al lucimiento de criminales sanguinarios y obscenos, o sofisticados y crueles, 9 caminos… invierte la lógica del relato policial, porque no propone llegar a una verdad oculta desatando la investigación de un crimen, sino que sostiene que no hay verdad para buscar antes y fuera del crimen.

Precisamente porque se desliga de la necesidad de la observación del detalle, la novela de Luna Moró se precipita. Sin necesidad de poner en escena una lógica analítica privilegiada, como la que monta la novela policial clásica, el relato arma los caminos de los distintos personajes, atropella los acontecimientos, los acelera y acumula (proceso acentuado por los itinerarios extremos, que van desde Sierra de la Ventana, Florencia y Belo Horizonte o la ciudad misionera de Apóstoles, con centro no en Roma sino en EEUU). Así, como en los precipitados químicos, la novela arma su fórmula en su mismo devenir, transcurso en el que las distintas reacciones de los elementos se forman, se solidifican. Esperar es meditar. No hay tiempo para eso. Al menos, hasta las dos últimas páginas. Menos averigua Dios y perdona.

Solo me queda augurar, bajo los propicios números de su título, que la novela multiplique los ceros de su tirada en próximas y prolíficas ediciones, legales y con prolija distribución de derechos de autor, si eso resulta fácil y posible en este caso. Menos averigua Dios y perdona.

No hay comentarios: